El aire rosa y oro, azul el cielo.
Qué andar el suyo o navegar sonoro,
la estela del capote por el suelo.
La penúltima fue. No lo sabía
nadie. ¿El acaso? Oh, nave de tristeza.
Su elegancia de mástil que no arría
irradiaba coronas de nobleza.
El mar, el mar sí lo sabía, extraño,
amargo en sales, muerto en espejismo;
tan cerca, allí a los pies, tan aledaño,
se cuarteaba en sierpes de guarismo.
Y por la frente de Manuel, un pliegue,
una arruga de sien a sien se ahonda.
Guadalquivir al mar, ¡que nunca llegue
la onda medida a la infinita onda!
La penúltima fue. Sobre la última
sobre el naufragio en la alta mar o alberca,
flota incólume, entera, la penúltima,
la vencedora en la memoria terca.
"Déjalo estar", repite el Sumo Diestro
a su peón de brega y de guadaña.
La penúltima luz nimba al maestro.
Siempre es la hora penúltima en España.
Señor, Señor, aplícanos la venda.
Ciéganos de esperanza peregrina.
Que la faena se cumpla y no se entienda
de tan plena y redonda y cristalina.
La penúltima es. Siempre presente.
un bosque de penúltimas nos tapa
el horizonte libre, el disolvente.
Verónica de olvido abre su capa.

Gerardo Diego
En Santander, Gerardo Diego presenció la penúltima tarde de Manolete.
La foto es de Juan Pelegrín http://www.flickr.com/photos/naturales71/2400405537/sizes/o/
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