El malentendido (1917-1989)
Querido J:
La tarde del 9 de noviembre de 1989, en el lado soviético de Berlín, el portavoz del Partido Comunista convocaba una rueda de prensa, con preguntas. Era una novedad, porque las ruedas de prensa de la llamada República Democrática no habían incluido nunca esa retórica. En realidad, y desde hacía algún tiempo, a cada minuto se producía alguna novedad en la República. Entre las últimas y más llamativas estaba el éxodo creciente de alemanes democráticos, que aprovechaban la reciente apertura de fronteras de Checoslovaquia y Hungría para huir de la felicidad. El alto funcionario había convocado a los periodistas porque tenía que darles cuenta de una serie de acuerdos tomados por el partido. El más importante tal vez fuera la agilización de los trámites para viajar desde la República Democrática a Occidente. El partido quería evitar que la República Democrática tuviera que cerrar por falta de género. Schabowski, que era el nombre del funcionario, no había asistido a la última parte de la reunión donde precisamente se habían decidido esas medidas. Pero tenía en el bolsillo un papel donde se detallaban los angostos cambios burocráticos. La rueda de prensa se desarrollaba de modo anodino, y los periodistas más expertos ya habían decidido que de allí no iba a salir ninguna confirmación distinta a la del miedo al futuro. Entonces tomó la palabra Riccardo Ehrman de la agencia Ansa, que había llegado corriendo, tarde, y ante la falta de sillas había ocupado un lugar en el suelo de la tarima, enfrente del portavoz. Sabía que el Gobierno había aprobado la nueva ley de viaje y le preguntó a Schabowski cuándo entraría en vigor. El portavoz rebuscó en los papeles, y con una cierta vacilación dio a entender que inmediatamente. Sí, iba a entrar en vigor de inmediato, eso dijo. Entonces ocurrió algo extraordinario. La mayoría de los periodistas tradujeron la langue de bois del portavoz en el habitual sentido, espeso y anodino. Agilización, facilidad burocrática. Un paso más en la lenta descomposición; pero sólo un paso más. Así, pesadamente, se levantaron. El corresponsal de la NBC interrogó con cámaras a Schabowski. Era uno de los más inquietos. Le preguntó al funcionario comunista si la medida afectaba a todas las fronteras, y éste asintió. Es obvio que el periodista estaba pensando en el muro de Berlín; pero quizá no formuló la pregunta correctamente. Quizá la pregunta debió haber sido: ¿Esto significa que el muro de Berlín ha caído? Nunca sabremos la respuesta que habría dado Schabowski. Sí, sabemos, por el contrario, lo que hizo Riccardo Ehrman, después de que Schabowski le contestara. Escribió en su cuaderno: «La promulgación de la ley de viaje es el equivalente a la caída del Muro». Equivalente. Aunque arriesgada e incierta, era una interpretación. Pero esa interpretación de su despacho de agencia aún había que titularla. Sobreinterpretarla. El título fue: «El muro de Berlín ha caído». Así lo distribuyó la agencia Ansa, a las 19.31, y así se diseminó por el mundo.Gerd Gigerenzer cuenta esta historia en Decisiones instintivas, basándose en un libro fundamental sobre la caída del Muro, obviamente no traducido en España: Chronik des Mauerfalls, del historiador Hans-Hermann Hertle. Dice Gigerenzer:
«A las ocho de la tarde, los noticiarios de Alemania occidental resumieron apremiados la conferencia de prensa con sus propias palabras, y apareció Schabowski diciendo «Ahora mismo, de inmediato». Las agencias de noticias entraron en esta competición de ilusiones e informaron erróneamente de que la frontera ya estaba abierta. El rumor llegó al parlamento de Bonn, que casualmente se encontraba reunido. Profundamente conmovidos, algunos con lágrimas en los ojos, los diputados se levantaron y empezaron a cantar el himno nacional alemán. Los alemanes orientales que estaban viendo la televisión de la otra Alemania se sentían más que dispuestos a sumarse a las ilusiones sembradas por las noticias. Un sueño infinitamente lejano parecía haberse hecho realidad. Miles y luego decenas de miles de berlineses orientales subieron a sus coches o fueron andando hasta los pasos fronterizos. Pero naturalmente los guardias no tenían órdenes de abrir la frontera. Los airados ciudadanos exigían lo que creían que era su nuevo derecho de paso, y al principio los vigilantes se negaban a franqueárselo. Sin embargo, ante la avalancha de personas que los empujaban físicamente el oficial de uno de los pasos, temeroso de que sus hombres murieran pisoteados, levantó finalmente las barreras. Pronto se abrieron los demás pasos. No se disparó un solo tiro ni se vertió una sola gota de sangre. ¿Cómo pudo producirse este milagro? La causa inmediata de la caída del Muro de Berlín resultó ser una combinación de ilusiones y de un posterior rumor no fundamentado que se extendió como un reguero de pólvora. El gobierno se sorprendió tanto como sus ciudadanos. Mientras que un levantamiento bien planificado podía haber sido aplastado fácilmente con tanques y soldados, como sucediera en 1953.»
Esta historia sucedió hace veinte años y es una de las historias más importantes del periodismo en el siglo XX. Que yo sepa nunca ha sido contada con detalle en España. Desde siempre he tenido la sospecha de que la caída del Muro no tuvo una crónica española a la altura de las circunstancias. Supongo que hubo dificultades, culturales e idiomáticas. Y también sociológicas y políticas. Al fin y al cabo el muro se les cayó encima a la inmensa mayoría de periodistas patrios, y la prueba es que algunos, atontados por el impacto de los cascotes, aún no se han enterado bien de los hechos acaecidos. Pero, en fin, atiende a la última y llamativa reflexión de Gigerenzer:
«Si los medios y los ciudadanos de Berlín hubieran escuchado con atención lo que había dicho Schabowski y hubieran analizado los hechos aquella noche extraordinaria no habría pasado nada y el día siguiente habría sido otro día más en el Berlín dividido.»
Es indudable que esta reflexión lleva el agua al potente molino del psicólogo Gigerenzer, que pretende demostrar, casi siempre con sagacidad, que los especialistas deben luchar contra su propio saber para hacerse una idea clara de lo real; y que en los fragores de esa lucha, y a la hora de tomar decisiones correctas, se ven a veces desbordados por personas cuyo approachment a la realidad es más superficial, pero que a cambio no han tenido que abrirse paso a través de una maraña de datos inútiles. Sin embargo, la tesis de Gigerenzer no parece ser aquí lo más importante, y ni siquiera está muy fundamentada. Ehrman era un corresponsal con experiencia, atrapado como los otros en la maraña inútil. La cuestión extraordinaria es que se dejó llevar por sus convicciones. Quería que cayera el Muro. Y quería una gran noticia, la noticia de su vida. Así pues, la construyó aprovechando el material de derribo de un régimen y de un mundo, simbolizados en la oscura prosa, en la angustia burocrática, en el enorme cansancio de Schabowski. Obviamente Ehrman no era consciente de haberse inventado nada, sino que creía rotundamente en la veracidad de la interpretación que había construido con las palabras del portavoz. Así sucede frecuentemente en la dialéctica entre la objetividad y las convicciones. Ehrman hizo caer el muro creyendo que estaba dando la noticia de su caída. Fue un tremendo malentendido por su parte. Aunque dado que el comunismo fue desde el principio un malentendido es de justicia poética que acabara así.
Sigue con salud.
A.
Links: Verónica Puertollano
(La foto fue hecha el 9 de Noviembre de 2009 en Berlín, a espaldas de la Puerta de Brandemburgo, por Manuel Nadal)
me encanta esta historia, y contada allí mismo, se te ponen los pelos de punta!
ResponderEliminarMerece la pena el viaje a Berlín sólo por sentirse en mitad de una parte de la historia del S. XX tan importante...
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