domingo, 30 de agosto de 2009

De aquí a la eternidad (From here to eternity, Fred Zinnemann, 1953)

Karen Holmes (enfadada): -Dices eso porque no me amas...
Sargento Warden (cabreado): -¿Estás loca? ¡Quisiera no amarte! Así podría disfrutar de la vida.
(Cruza un coche que los ilumina con sus faros. Warden abraza a Karen para ocultarla de la luz. Se mantienen abrazados)
Karen (musitando): -Y se casaron... Y fueron muy infelices...
Warden: -Nunca, en mi vida, había sido infeliz hasta el día en que te conocí.
Karen: -Estoy segura.
Warden: -Pero no renuncio a un solo instante.
Karen: -También lo creo.



Min. 4:35: ¡3 días rodando esa escena!

El tango menos tango




LAURA CANOURA - El último café.mp3 -

El último café, por Laura Canoura. Guitarra: Jorge Nocetti; piano: Sebastián Larrosa; contrabajo: Roberto De Bellis. Teatro Movie de Montevideo.

Lo saqué de aquí: http://www.youtube.com/watch?v=mQRH4Gc6zTM


 
 
El último café


Letra: Cátulo Castillo
Música: Héctor Stamponi

 
Llega tu recuerdo
en torbellino,
vuelve en el otoño
a atardecer.

Miro la garúa*,
y mientras miro,
gira la cuchara
de café...

Del último café
que tus labios,
con frío,
pidieron esa vez,
con la voz
de un suspiro...

Recuerdo tu desdén,
te evoco sin razón,
te escucho sin que estés...
"Lo nuestro terminó",
dijiste en un adiós
de azúcar y de hiel...

Lo mismo que el café,
que el amor,
que el olvido...
Que el vértigo final
de un rencor
sin porqué...

Y allí, con tu impiedad,
me vi morir de pie.
Medí tu vanidad,
y entonces comprendí
mi soledad
sin para qué...

Llovía,
y te ofrecí
el último café...
*Garúa: lluvia fina.

Café


Ella está bajo la ducha. El agua cae sobre su cuerpo y se detiene en la formación de repentinas estalactitas en el abismo de esos senos que has besado durante tantas horas. Colocas café en el filtro, calculas la cantidad de agua para cuatro tazas y oprimes el botón rojo.

Escuchas el sonido del agua que hierve eléctricamente y gota a gota va cayendo sobre el café, formando ese lodo aromático. Argamasa que une los adoquines de la mañana.

Ella aparece con su salida de baño anudada con descuido. Puedes ver sus muslos relucientes, húmedos aún. Retiras la cafetera, la llevas a la mesa, dispones las tazas, compruebas que los claveles persisten en su agónica estatura rosada. No son tan puramente perecederos como las rosas de mayo.

Aparece ahora con una toalla anudada a manera de turbante, puedes ver su nuca, el cuello liso y fresco, que huele a talco. Bajo el turbante un diminuto mechón escapa a las intenciones del secado y se adhiere a la piel con esa extraña presencia de rubia petrificación. Ella se sienta, tú también lo haces, y, frente a ustedes, el silencio de siempre ocupa su lugar.

Sirves el café lentamente, alargas la mano hacia ella con la taza servida, llenas la tuya, con la mirada le ofreces las cosas que hay sobre la mesa. Pan, mantequilla, mermelada y otros alimentos que a esas horas y en esas circunstancias se te antojan absolutamente insípidos. Compruebas que ella no acepta, que simplemente enciende un cigarrillo y derrama unas gotas de leche en su taza de café.

Con la cuchara realizas breves movimientos giratorios que van formando espirales, hasta que compruebas la total disolución del azúcar que se ha hundido como polvo de espejos en un pozo, silenciosamente, respetando el carácter intocable de esta mañana-silencio que se inicia.

Ella es finalmente la primera en probar el café y su primera idea es que tal vez la taza estaba sucia. Levanta los ojos, te mira sin recriminaciones en el mismo instante en que tú bebes el primer sorbo y piensas que puede ser el cigarrillo el responsable de ese sabor por el momento incalificable, pero es ella quien lo dice:

-Este café tiene sabor a fracaso.

Entonces te levantas, le arrebatas la taza de la mano, tomas la cafetera y vuelcas todo el líquido en el lavaplatos.

El café desaparece entre burbujas calientes y no queda nada más que una oscura presencia que bordea el desagüe. Abres un nuevo paquete, calculas agua para cuatro tazas y estás de pie esperando que, gota a gota, se vaya formando nuevamente esa porción de lodo matinal.

Sirves. Ella prueba. Te mira con tristeza. No dice nada. Bebes de tu taza y la miras. Ahora eres tú el que exclama:

-Cierto. Tiene sabor a fracaso.

Ella dice benevolente que puede ser cosa del azúcar o de la leche y tú gritas que no has puesto ni leche ni azúcar en tu taza.

Enciende otro cigarrillo y aleja su taza hasta el centro de la mesa mientras tú sacas todos los paquetes de café que guardas en la alacena y con la punta de un cuchillo los vas abriendo, frenético vas palpando con tus dedos su textura fina, pruebas, escupes, maldices, compruebas que todo el café de la casa tiene el mismo inevitable sabor a fracaso.

Ella no ha probado ninguno y también lo sabe.

Te lo dice sin palabras. Te lo dice con la mirada perdida en los dibujos poliédricos del mantel. Te lo dice con el humo que escapa de sus labios.

Regresas a tu silla sintiendo algo así como un ladrillo en la garganta. Quieres hablar. Quieres decir que juntos habéis tomado muchos cafés con sabor a olvido, con sabor a desprecio, con sabor a odio amable y monótono. Quieres decir que ésta es la primera vez que el café tiene este desesperante sabor a fracaso. Pero no logras articular ni una palabra.

Ella se levanta de la mesa. Va al cuarto contiguo. Se viste lentamente y hasta tus oídos llega el clic de su pulsera. Avanza hasta la puerta, coge las llaves, el bolso, el pequeño libro de viajes, piensa algo antes de abrir la puerta y retrocede hasta tu puesto para estampar en tus labios un beso frío que, aunque no lo creas, tiene el mismo sabor a fracaso que el café.

Luis Sepúlveda
Desencuentros, Tusquets Editores, 1997

Dream a little dream of me




Dream a Little Dream of Me - Ella Fitzgerald

Dostoievski lee el Quijote


         "El hombre que puso en acción los sueños más locos, los más fantásticos, llega de pronto a la duda y a la perplejidad. Toda su fe ha desaparecido, y no porque lo absurdo de su locura le haya sido revelado, sino porque una circunstancia secundaria aclara momentáneamente su inteligencia. Este hombre de ideas de otro mundo experimenta súbitamente la nostalgia de lo real. Si libros que él venera como verídicos le han engañado una vez, pueden engañarle siempre; quizá todo lo que contienen es mentira. ¿Cómo volver a la verdad? Cree volver a ella imaginando un absurdo mayor que el primero. (...) Su necesidad de semejanza quedará satisfecha. Tendrá derecho a creer en el primer sueño gracias al segundo, mucho más ridículo.
        Interrogaos a vosotros mismos y ved si cien veces no os ha ocurrido lo mismo. ¿Os habéis sentido enamorados de una idea, de un proyecto, de una mujer? ¿Habéis tenido una duda? Os habéis cuidado de crearos una ilusión más engañosa que la primera, que os habrá permitido continuar estando enamorados y desprenderos de la duda."

Fiodor Dostoievski: “La mentira se salva por otra mentira”, Diario de un escritor (1879)


Texto completo por ejemplo en http://www.ucm.es/info/especulo/bquijote/
Foto: http://www.lladro.com/figurines/01013039-QUIXOTE_MURAL/;jsessionid=2F15ZZD0GBCGXQFIDAFSFFGAVAMAUIWB?_DARGS=/common/fragment/languageChange.jhtml_A&_DAV=es_ES

De la primera libretilla I

             Cuando las obras humanas se revelan tan efímeras, cuando las ideas huyen con el viento y el amor sólo es un asesinato perpetuamente renovado; cuando se sabe, por fin, que todo en el mundo es locura, todavía hay dos cosas que exigen un respeto: los pavorosos abismos de un alma en soledad y la infinita misericordia de los sueños.

Es de Terenci Moix. No tengo ni idea de dónde.

sábado, 29 de agosto de 2009

La casada infiel - Javier Egea


LA CASADA INFIEL

con la pasión que da el conocimiento
Jaime Gil de Biedma


Hoy está triste el juglar:
sólo canta para ella,
que también la juglaría
tiene parte en la tristeza.
Sepan que de mal de amores
nadie está libre en la tierra.
Demasiado enamorado
- aunque ya no pueda verla-
y demasiada pasión
esta noche de tormenta,
el juglar siente en sus manos
caer el agua y la sueña.
Sueña que ve su sonrisa
-de labio a labio le tiembla-
cruzar las calles sin medio,
poner el asfalto en siembra,
hacer libre el corazón,
bajar del sueño la fiesta,
abrir los brazos de un mundo
que es otro cuando se acerca,
adelantada de abril
y la nueva primavera.

Hoy está triste el juglar,
pues es con ella que sueña.
Y le reconoce al tacto
la luna de sus caderas
cuando ya, ciego en Granada,
la noche toma las riendas
y uno, sin luz, dice en versos
las soledades eternas.
Hace ya tiempo, señores,
que el juglar no puede verla,
pero a pesar de sus ojos
entre la lluvia le espera.
¿Quién le trae un lazarillo
para buscarla en la niebla?
Le canta a los cuatro vientos
y nunca halla respuesta.
Llévenle mientras el alba
un poco de buena yerba.
Den la mano a este juglar
cansado que la recuerda.

Por hoy cesa en la romanza,
perdónele su clientela:
él es un juglar de esos
que a veces rompen las cuerdas,
de los que han amado tanto,
que diría Gil de Biedma.
Hoy está triste el juglar,
sólo canta para ella.
Se me fue con su marido,
pero yo sigo queriéndola.


(De La otra sentimentalidad)
(Foto: http://www.granada.org/, búsquese 20º Festival Internacional de Tango, yo no tengo ganas. Texto: sacado de Antología de la poesía joven granadina, ed. Caja General de Ahorros de Granada, 1990)