lunes, 19 de marzo de 2012

Feliz año nuevo


No sé si llegará la madrugada.
Ninguna luz se ve por la ventana.
Sólo veo dormir a los árboles
de pie, erectos, con los ojos cerrados.
Sobre la cama,
vos y yo,
flanco contra flanco.


Me acurruco en tu piel.
Me acomodo en tus ángulos esbozados apenas.
No me sentís. Estás al otro lado de la noche,
en un país de niebla con deslumbres.
Allí andarás pensando que vivís otras vidas.
Sólo yo a tu lado, doy fe que no te has ido.
Contemplo insomne tu silueta abandonada,
el cráneo donde reposan recuerdos compartidos:
paisajes que hemos visto, túneles, plazas, tiempos.
Aún en el silencio, siento que estás conmigo,
que me acompañás tibio, pertinaz y seguro.
No me resisto y te toco la espalda,
busco tu mano, me hundo en el cuenco de tu nuca.
Te movés, me abrazás sin palabras.
Ninguna noche, sueño o quimera
nos separa.



Certezas en la noche (fragmento). De Gioconda Belli, en APOGEO, Visor Libros, 2002.
Foto: https://p.twimg.com/AnveOZ0CIAEMMW0.jpg, tuiteada por @La_Coronel

lunes, 23 de enero de 2012

Sin miedo a la lluvia


                                       Nos casaremos en invierno

Nos casaremos ahora que llueve a carcajadas.
Vos y yo y la tierra celebraremos juntos
el verdor de los cuerpos,
el sexo de las flores,
el polen de la risa
y todas las estrellas
que vienen confundidas
en la gota de lluvia.
Pondremos inviernos en el amor
para verlo crecer
al ritmo de las plantas.
Uniremos las nubes
para formar el trueno,
uniremos la tierra con el agua.
Nos casaremos con el cielo cerrado,
cuando suenen los techos
como ametralladoras
y el canto de las ranas
suba desde el jardín
junto con un cortejo de hormigas voladoras.
Nos casaremos sin sombrillas, amor,
con la cabeza descubierta,
en un patio mojado,
oloroso de tierra,
sin otra sed más que la del uno por el otro,
con la ropa empapada,
juntando nuestros quehaceres
para que se venga el temporal
que lo va a lavar todo,
como la lluvia, amor, de cuando nos casemos.





Gioconda Belli

(Esta vez la foto es mía)

domingo, 11 de septiembre de 2011

Pasa todos los días



Se volvió y la miró como si fuese por última vez, como quien repite un gesto inmemorialmente irremediable. Íntimamente, hubiera preferido no haberlo hecho, pero al llegar a la puerta sintió que nada podría evitar la reincidencia en esa escena tantas veces relatada en la historia del amor, que es la historia del amor, que es la historia del mundo. Ella lo miraba con una mirada intensa, en la que había incomprensión y anhelo, como pidiéndole, al mismo tiempo, que no se fuese y que no dejase de partir, por aquello de que todo era imposible entre ambos. La vió así por un tiempo, en su belleza morena, real pero distanciándose ya en la penumbra del ambiente que para él era como una luz de la memoria. Quiso prestarle un tono natural a la mirada que le dirigía, pero fue en vano, pues sentía que todo su ser se evaporaba en dirección a ella. Más tarde le parecería no recordar ningún color en aquel instante de separación, pese a la lámpara rosa que debía estar encendida. Recordaría haberse dicho que la ausencia de colores es completa en todas las rupturas.
Sus miradas fulguraron por un momento de uno hacia el otro, después se acariciaron con ternura y, finalmente, se dijeron que no había nada que hacer. Le dijo adiós con dulzura, giró y cerró de golpe la puerta sobre sí mismo en una tentativa de seccionar esos dos mundos qu eran él y ella. Pero el brusco movimiento de cerrar le prendió entre las hojas de madera el espeso tejido de la vida, y él permaneció retenido, sin poder moverse del lugar, sintiendo formarse el llanto muy lejos en su interior hasta subir en busca de espacio, como un río que nace.
Cerró los ojos, intentando adelantarse a la agonía del momento, pero el hecho de saberla allí al lado, y separada de él por categóricos imperativos de sus vidas, no le daba fuerzas para desprenderse de ella. Sabía que aquella era su amada, por quien había esperado desde siempre y a quien durante muchos años había buscado en cada mujer, en medio de la más terrible y dolorosa búsqueda. Sabía también que el primer paso que diese pondría en movimiento su máquina de vivir y que él, como un autómata, saldría, comenzaría a andar, a hacer cosas, distanciándose cada vez más de ella, cada vez más… Mientras tanto allí, a pocos pasos, estaba su forma femenina que no era ninguna otra forma femenina sino la de ella, la mujer amada, aquella que él bendijera, con sus besos y agasajara en los instantes de amor de sus cuerpos. Procuró imaginarla en su doloroso mutismo, envuelta ya en su propio espacio, perdida en medio de sus propias reflexiones, un ser desligado de él por el límite existente entre todas las cosas creadas.
De pronto, sintiendo que estaba a punto de estallar en lágrimas, corrió hacia la calle y comenzó a andar sin rumbo.
Separación. En Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes.
Foto: Ingrid Geske.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Jugar por el placer de jugar

REGLAS DEL JUEGO PARA LOS HOMBRES
QUE QUIERAN AMAR A
MUJERES MUJERES

I
El hombre que me ame
deberá saber descorrer las cortinas de la piel,
encontrar la profundidad de mis ojos
y conocer lo que anida en mí,
la golondrina transparente de la ternura.

II
El hombre que me ame
no querrá poseerme como una mercancía,
ni exhibirme como un trofeo de caza,
sabrá estar a mi lado
con el mismo amor
conque yo estaré al lado suyo.

III
El amor del hombre que me ame
será fuerte como los árboles de ceibo,
protector y seguro como ellos,
limpio como una mañana de diciembre.

IV
El hombre que me ame
no dudará de mi sonrisa
ni temerá la abundancia de mi pelo,
respetará la tristeza, el silencio
y con caricias tocará mi vientre como guitarra
para que brote música y alegría
desde el fondo de mi cuerpo.

V
El hombre que me ame
podrá encontrar en mí
la hamaca donde descansar
el pesado fardo de sus preocupaciones,
la amiga con quien compartir sus íntimos secretos,
el lago donde flotar
sin miedo de que el ancla del compromiso
le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.

VI
El hombre que me ame
hará poesía con su vida,
construyendo cada día
con la mirada puesta en el futuro.

VII
Por sobre todas las cosas,
el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si es necesario.

VIII
El hombre que me ame
reconocerá mi rostro en la trinchera
rodilla en tierra me amará
mientras los dos disparamos juntos
contra el enemigo.

IX
El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del
enamoramiento
en una plaza llena de multitudes.
Podrá gritar -te quiero-
o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el más hermoso y humano de los sentimientos.

X
El amor de mi hombre
no le huirá a las cocinas,
ni a los pañales del hijo,
será como un viento fresco
llevándose entre nubes de sueño y de pasado,
las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron
separados
como seres de distinta estatura.

XI
El amor de mi hombre
no querrá rotularme y etiquetarme,
me dará aire, espacio,
alimento para crecer y ser mejor,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.



jueves, 24 de febrero de 2011

Nunca más. Nunca más.



Si es verdad que de los errores se aprende, aquí está el mío. Todo el cariño y amor del mundo, pero nunca más. Nunca más.

A song to say goodby. Placebo.

miércoles, 26 de enero de 2011

Necesito contarte


A la vora del mar. Tenia
una casa, el meu somni,
a la vora del mar.

Alta proa. Per lliures
camins d’aigua, l’esvelta
barca que jo manava.

Els ulls sabien
tot el repòs i l’ordre
d’una petita pàtria.

Com necessito
contar-te la basarda
que fa la pluja als vidres!
Avui cau nit de fosca
damunt la meva casa.

Les roques negres
m’atrauen a naufragi.
Captiu del càntic,
el meu esforç inútil,
qui pot guiar-me a l’alba?

Ran de la mar tenia
una casa, un lent somni.

A la orilla del mar. Tenía
una casa, mi sueño,
a la orilla del mar

Altas proa. Por libres
caminos de agua, la esbelta
barca que yo guiaba.

Los ojos conocían
todo el reposo y el orden
de una pequeña patria.

Cómo necesito
contarte qué miedo da la lluvia
en los cristales.
Hoy cae sobre mi casa
la noche oscura.

Las rocas negras
me atraen al naufragio.
Prisionero del canto,
inútil es mi esfuerzo,
¿quién puede guiarme al alba?

Junto a la mar tenía
una casa, un lento sueño.

Salvador Espriu

CEMENTIRI DE SINERA XXV

Foto: ImadCode http://www.flickr.com/photos/23328090@N07/2437981448

sábado, 8 de enero de 2011

Hechizo de luna - Después de la ópera

-Yo soy un lobo. Tú has sacado el lobo que hay en mí y eso no te convierte en oveja. Vas a casarte con mi hermano. ¿Por qué quieres rebajarte tanto? Ir a lo seguro es lo más peligroso que puede hacer una mujer como tú. La primera vez esperaste al hombre adecuado. ¿Por qué no has esperado al hombre adecuado otra vez?

-Porque no ha aparecido.

-Estoy aquí.

-Llegas tarde. (Pausa) ¡Esta es tu casa!

-Así es.

-O sea, que es aquí a donde vamos.

-Sí.

-Hicimos un trato, ¿recuerdas? Me dijiste que si iba a la ópera contigo me dejarías en paz para siempre. Y he ido a la ópera. Ahora voy a casarme con tu hermano y me dejarás en paz para siempre, ¿verdad? (Pausa) Una persona puede ver cuándo se ha armado un lío en su vida, y puede cambiar el modo de hacer las cosas, incluso puede cambiar su suerte. Quizá mi naturaleza me tire hacia ti, pero eso no significa que lo acepte. Yo puedo resistir ese impulso y puedo decir sí a algunas cosas y no a otras que sé que van a echarlo todo a perder, puedo hacerlo. Por otro lado, no sé para qué, para qué sirve esta estúpida vida que Dios nos ha dado. Dime, ¿para qué? ¿Me estás escuchando?

-Sí. Pero todo lo que estás diciendo me parece una tontería. Porque te quiero en mi cama. No me importa arder en el infierno. Ni me importa que tú ardas en el infierno. El pasado y el futuro son estupideces para mí. Veo que no son nada, veo que no están aquí. Lo único que está aquí, eres tú. Y yo.

-Quiero irme a casa.

-No.

-Voy a irme a casa.

-¡No!

-¡Me estoy muriendo de frío!

-Vamos arriba. ¡No me importa lo que ocurra! No, no es eso lo que quiero decir. Loretta, te quiero. El amor no es como nos lo contaron. Yo tampoco lo sabía, pero el amor no hace que todo sea hermoso. Lo echa todo a perder, te parte el corazón, lía todas las cosas. No, no estamos aquí para hacer que todo sea perfecto. Los copos de nieve son perfectos. Las estrellas son perfectas. Nosotros no. Nosotros no. Estamos aquí para echarnos a perder, y para partirnos el corazón, y para amar a la gente que se equivoca, y para morir… Sí, ¡los libros de historia son mentira! Y ahora, ¿quieres subir conmigo y meterte en mi cama? Ven...

Che gelida manina!

Se la lasci riscaldar.

Cercar che giova?

Al buio non si trova.

Ma per fortuna

è una notte di luna,

e qui la luna l'abbiamo vicina.

(Mimì vorrebbe ritirame la mano)

Aspetti, signorina,

le dirò con due parole

chi son, che faccio e come vivo.

Vuole?

(Mimì tace: Rodolfo lascia la mano di

Mimì, la quale indietreggiando trova

una sedia sulla quale si lascia quasi

cadere affranta dall'emozione.)

Chi son? Sono un poeta.

Che cosa faccio? Scrivo.

E come vivo? Vivo.

In povertà mia lieta

scialo da gran signore

rime ed inni d'amore.

Per sogni, per chimere

e per castelli in aria

l'anima ho milionaria.

Talor dal mio forziere

ruban tutti i gioielli

due ladri: gli occhi belli.

V'entrar con voi pur ora

ed i miei sogni usati

e i bei sogni miei

tosto son dileguar!

Ma il furto non m'accora,

poiché vi ha preso stanza

la dolce speranza!

Or che mi conoscete,

parlate voi. Deh, parlate.

Chi siete?

Via piaccia dir?



viernes, 24 de diciembre de 2010

Aquí y ahora



SECRETO DE MUJER


A cierta hora del día


ciertos días


la noción de ser hembra


emerge como la espuma


y sube hacia los contornos de mi cuerpo.




Plexo solar, muslos, brazos


se esponjan de una sensualidad


que va mucho más allá del sexo.


El regocijo interno,


el perfecto balance de alma y cuerpo


me posee en un aire de águila y paloma


desde el que se me otorga percibir


la exacta redondez y tersura de las cosas.


Desde los tobillos


un efluvio circular asciende a los sentidos


como si habitada por el antiguo poder de lo femenino


dejara de ser yo material y limitada


para transmutarme en el ala del ave


que, tensando los músculos,


vuela íngrima y absorta hacia el sol.


¿Quién dijo que soy débil?


¿Quién se atrevió a compadecerme?


En esos momentos


del impúdico goce de saber quién soy


pienso que debería, por decoro, taparme el rostro


el brillo sostenido, directo, de los ojos


para que ni los hombres,


ni los animales domésticos del vecindario


intuyendo mi olor a pájara o semilla germinada,


salieran en pos de mí


queriendo poseer la esencia de mi fuerza.


Como toda mujer que se precia de serlo,


cierro con un candado de llaves imposibles


la secreta noción de mi poder


y aparezco ante los demás


sin delatarme.





Gioconda Belli, en Mi íntima multitud, Madrid, Visor, 2003

Foto: Ingrid Geske, Aphrodite, Museo Pérgamo, Berlín




domingo, 19 de diciembre de 2010

Oh, fatal visión, déjame!

E' la solita storia del pastore...
Il povero ragazzo
voleva raccontarla, e s'addormi.
C'è nel sonno l'oblio.
Come l'invidio!
Anch'io vorrei dormir cosi,
nel sonno almeno l'oblio trovar!
La pace sol cercando io vò:
vorrei poter tutto scordar.
Ma ogni sforzo è vano... Davanti
ho sempre di lei il dolce sembiante!
La pace tolta è solo a me...
Perché degg'io tanto penar?
Lei!... sempre mi parla al cor!
Fatale vision, mi lascia!
mi fai tanto male!
Ahimè!





Lamento de Federico, de L'Arlesiana, ópera de Francesco Cilea.
... y Alfredo Kraus.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

De Vicente Gallego, una sorpresa

La procesión va por dentro.

Como una procesión a los ojos de un niño
a menudo la vida siempre me parece
una cosa solemne. La acompaño descalzo,
y el temor no me deja pisar fuerte.
Pero aún huele a flores cuando sigo su imagen,
y la fe que me queda me decide
a dejar de seguirla, a adelantar mi paso,
a ofrecerle los hombros otra vez
como el buen costalero que fui siempre.
Yo quisiera volver a perderle el respeto,
arrastrarla de nuevo por las calles,
hacerla zozobrar de lado a lado,
levantarla con fuerza en los pasos estrechos.
Que en los balcones otros la contemplen
pasar con ese miedo que inspira lo divino,
porque tan solo entré en sus paraísos
cuando no me asustaron sus infiernos.

Vicente Gallego, en El sueño verdadero, Madrid, Visor, 2003.


miércoles, 24 de noviembre de 2010

Se eu não me quero encontrar, ¿quererei que outros me encontrem?

Tengo pena y no respondo.
Mas no me siento culpado
porque en mí no correspondo
al otro que en mí has amado.

Cada uno es mucha gente.
Para mí soy quien me pienso,
para otros -cada cual siente
lo que cree, y es yerro inmenso.

Ah, dejadme sosegar.
No otro me soñéis vosotros.
Si no me quiero encontrar,
¿querré que me encuentren otros?

F. Pessoa, 26/8/1930

sábado, 20 de noviembre de 2010

Estaban todos menos tú



"Otra señal del amor es que tú has de ver cómo el amante está siempre anhelando oír el nombre del amado y se deleita en toda conversación que de él trate. Este tema es su muletilla constante y nada le divierte como él, sin que le retraiga de hacerlo el temor de que los oyentes adivinen su secreto y los ciscunstantes comprendan su inclunación. ¡El amor te vuelve ciego y sordo! S
i el amante pudiera conseguir que en el sitio en que se halla no hubiera otra plática que la referente a quien él ama, jamás se movería de allí".

Ibn Hazm de Córdoba en
El collar de la paloma.

Versión de Emilio García Gómez. Alianza Editorial, Madrid, 1998

Foto: Calle Navas, Granada, de http://www.traveldudes.org/

jueves, 11 de noviembre de 2010

Abrí el blog para esto

La penúltima fue. De blanco y oro.

El aire rosa y oro, azul el cielo.

Qué andar el suyo o navegar sonoro,

la estela del capote por el suelo.


La penúltima fue. No lo sabía

nadie. ¿El acaso? Oh, nave de tristeza.

Su elegancia de mástil que no arría

irradiaba coronas de nobleza.


El mar, el mar sí lo sabía, extraño,

amargo en sales, muerto en espejismo;

tan cerca, allí a los pies, tan aledaño,

se cuarteaba en sierpes de guarismo.


Y por la frente de Manuel, un pliegue,

una arruga de sien a sien se ahonda.

Guadalquivir al mar, ¡que nunca llegue

la onda medida a la infinita onda!


La penúltima fue. Sobre la última

sobre el naufragio en la alta mar o alberca,

flota incólume, entera, la penúltima,

la vencedora en la memoria terca.


"Déjalo estar", repite el Sumo Diestro

a su peón de brega y de guadaña.

La penúltima luz nimba al maestro.

Siempre es la hora penúltima en España.


Señor, Señor, aplícanos la venda.

Ciéganos de esperanza peregrina.

Que la faena se cumpla y no se entienda

de tan plena y redonda y cristalina.


La penúltima es. Siempre presente.

un bosque de penúltimas nos tapa

el horizonte libre, el disolvente.

Verónica de olvido abre su capa.





Gerardo Diego


En Santander, Gerardo Diego presenció la penúltima tarde de Manolete.

La foto es de Juan Pelegrín http://www.flickr.com/photos/naturales71/2400405537/sizes/o/

La nostalgia está de más

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte


tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte


tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte

o sea,
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también

viceversa.


Mario Benedetti, Viceversa, en Inventario uno

Esta foto también es mía. Hamburgo, el ayuntamiento y el lago Alster, desde la torre de San Nicolás


miércoles, 10 de noviembre de 2010

Me digo que no es para mí



...dime que fue verdad
que hubo un sendero aquí
que también yo ando perdido.
Como el torero al que abandona su coraje
busco yo, a tientas, burladeros.





El Último de la Fila Las hojas que ríen, en La rebelión de los hombres rana, Perro Records, EMI, 1995
La foto es de Juan Pelegrín http://manonfotoblog.blogspot.com y en http://www.flickr.com/photos/naturales71/

martes, 9 de noviembre de 2010

Al perfecto amor

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;


entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.


Oigo


constelaciones: existes.


Creo en ti.


Eres.


Me basta.)


jeje ;)


Ángel González, Palabra sobre palabra, Seix Barral 1986

Helado de Cassata en Los Italianos, Granada. Foto de Encarni


miércoles, 3 de noviembre de 2010

Pensó tanto en la rosa



Pétalo a pétalo, memorizó la rosa.

Pensó tanto en la rosa,
la aspiró tantas veces en su ensueño,
que cuando vio una rosa
verdadera
le dijo
desdeñoso
volviéndole la espalda:

Mentirosa.

Ángel González
(esta vez la foto es mía)

jueves, 7 de octubre de 2010

Ella se llama Elena, en tren, Hamburgo... la misma historia

Desencuentro puntual

Ortega le dio cuerda al despertador, dispuso la señal de alarma para que sonara exactamente a las cuatro y media de la mañana y, para mayor seguridad, telefoneó a un amigo pidiéndole que lo llamara a esa misma hora.

Al desanudar los cordones de los zapatos decidió que era estúpido acostarse, precipitarse entre las blancas barreras de un insomnio seguro. De tal manera que se alejó de la cama, fue hasta el lavabo y se refrescó la cara con agua fría. Seguidamente se echó el saco sobre los hombros, salió a la calle y empezó a caminar hacia la estación central.

Al llegar al enorme edificio gris, no quiso entrar de inmediato. Odiaba particularmente esa atmósfera de aburrimiento producida por los pasajeros que esperan un tren de cercanías entre cigarrillos y bostezos. Tenía tiempo. Faltaban aún más de cuatro horas para la llegada anunciada en un telegrama de inhumano laconismo. Entró a un cafetín.

"LLEGO TREN CINCO Y CUARTO STOP ESPERAME STOP ELENA STOP"

Cuando la muchacha le acercó la copa de coñac, supo que estaba tranquilo. Comprobó que la desazón que le apremiaba desde hacía semanas había desaparecido y que, en su lugar, la absurda certeza de continuar enamorado casi llegaba a irritarlo.

La llamada de Elena lo había sorprendido en la intimidad de su cuarto de hombre solo, en los momentos en que se dedicaba a destripar los recuerdos que goteaban las páginas de una novela de Semprún.

La inconfundible voz de Elena lo había sobresaltado de tal manera que se había quedado mudo, sosteniendo el auricular como si se tratase de un reptil, y ella preguntó varias veces si le había ocasionado un infarto.

Con un laconismo similar al del telegrama le dijo que se encontraba nuevamente en París, que venía de Madrid, donde aún tenía algunos amigos, y que estaba más vieja, bastante más vieja, recalcó.

Quince años dejan sus huellas perversas en las canas y en las arrugas que nos van transformando el alma en un mapa de lugares y emociones muertas.

"Tango", respondió Elena. "Letra de tango."

Ortega paladeó el primer sorbo de coñac y se dijo que era absurdo envejecer. Se repitió que era morboso el mirarse cada mañana en el espejo y comprobar cómo un tramo de vida, imprescindible, de nosotros mismos, se nos ha quedado en algún lugar de la habitación donde dormimos, perdido para siempre. Maldiciendo una vez más al escritor emboscado bajo su pellejo, Ortega no pudo dejar de sonreír al pensar en su cuarto a eso de las nueve de la mañana, cuando la mujer de la limpieza vacía los ceniceros, abre las ventanas y sacude las sábanas. Qué cantidad de pelos, recuerdos, trocitos de piel, sueños, caspa y partículas de uno mismo caen y sirven de abono a los rosales del patio. Le vino a la mente un viaje con Elena, uno de los tantos viajes en tren de Madrid a Barcelona, de Barcelona a Valencia. Caminante, no hay camino...

Durante ese viaje, ahora imposible de localizar con exactitud en los laberintos de la memoria, Ortega le había detallado el argumento de una narración que escribiría algún día. Era muy simple.

Un hombre nace en un tren, en un vagón de segunda. Es amamantado con la leche que proviene de las diferentes estaciones en las que el tren se detiene. El hombre crece, aprende las cosas triviales, aunque necesarias, que lo atan a la realidad concreta, pero nunca abandona el tren. Lleva una existencia tranquila sin hacer nada más que mirar por la ventana, hasta que el bichito del amor empieza a cavar su madriguera entre su piel y la camisa. El hombre descubre entonces que posee un desconocido don. Puede evitarse cualquier tipo de complicación existencial por el mero hecho de apearse en la siguiente estación y tomar el tren en sentido inverso. Puede repetir esta treta salvadora cuando quiera, en cuanto la menor dificultad amenace con trastornar su tranquila vida de viajero.

"Lo que se llama filosofia de sacarle el culo a la jeringa", había contestado Elena.

Al reponerse del silencio, la voz de Elena formulaba algunas preguntas por el teléfono.

"¿Y tú? Al parecer te quedaste para siempre en Hamburgo. Supongo que te encontraré convertido en todo un señor alemán. ¿Usas también uno de esos gorritos azules de navegante? ¿Tienes contigo a una dulce alemancita a quien le enseñas ordenadamente a odiar el orden? ¿Te han llegado mis cartas? ¿Alguna vez has contestado?"

Quince años. París. Esa ciudad idiota.

Se habían separado cuando la última barricada era barrida por desganados obreros del municipio y el último grito de rebeldía bramaba su arrepentimiento en el despacho de un padre de familia acomodado.

De los viejos comuneros cenetistas no quedaba sino una vieja libreta con direcciones, la mayoría tachadas.

Elena.

Cuando el sagrado orden invadió victorioso las calles parisinas y los franceses vistieron con más fervor que nunca la estupidez de su arrogancia, ellos habían iniciado un desorden de itinerarios forzados, que condujeron a Elena hasta un caluroso país centroamericano, y a él a la verde ciudad de Hamburgo, donde ahora esperaba bebiendo una tercera copa de coñac. Ocasionalmente se topaba con viejos conocidos, hombres que al recordar aquellos tiempos esbozaban una mueca amable, consultaban el reloj y se excusaban por tener que asistir a conferencias impostergables.

Por algunos de ellos supo que Elena viajaba por países de nombres que saben a frutas, a aventuras de piratas, a horas silenciosas frente a mares transparentes, a pieles de deseable tonalidad almibarada.

Pagó el consumo y empezó a caminar. Al entrar en la estación se detuvo frente a la pantalla de llegadas y consultó a qué andén arribaría el expreso París-Varsovia. Bajó las escaleras y esperó. Faltaban todavía cinco minutos.

Ortega se sentó en un peldaño y decidió preparar las palabras necesarias. Palabras que servirían de puente para atravesar un abismo de quince años.

Aunque lo evite, necesariamente hablarán de aquellos días, de los sueños, del pidamos lo imposible, del mañana es el primer día del resto de tu..., etc. De las consignas que a veces, al toparse con Dani "el Rojo" convertido en un impecable editor de periódicos y revistas ilegales, se le subían a la garganta formando una mucosidad cansada, deseosa de expectorar el mal trago de aquella historia.

Una voz anónima que informaba de la llegada del expreso lo sacó de sus cavilaciones sin haber encontrado las palabras. El tren se detuvo y Ortega se paró, alzó la cabeza todo cuanto se lo permitían los músculos del cuello y fue recorriendo las caras somnolientas de los viajeros que bajaban y los rostros nerviosos de quienes subían con el boleto en la mano. En medio de los empellones se sintió acometido por un nerviosismo creciente. Nunca le gustaron los encuentros ni las despedidas. La comuna había sido para ellos exactamente eso, la posibilidad de una vida continuada, ilimitada. Trotó por el andén recorriendo con la vista el interior tenuemente iluminado del tren. Corría al llegar a los últimos vagones y el silbato que ordenaba la partida lo sorprendió en medio de una carrera desaforada, esquivando como un jugador de rugby a los pasajeros retrasados, evitando chocar con los carros de la correspondencia. Los tres minutos de parada se habían esfumado demasiado rápidamente para quien ha esperado quince años. Pensó en un error de itinerario, en una confusión del telegrafista, y cuando el tren ya se movía vio el rostro de Elena dibujado en los cristales.

-¡Elena! -gritó-. ¡Elena!

La mujer se limitó a responderle con una sonrisa. Le envió un sutil beso encerrado entre los dedos, y le indicó, en un costado del vagón, la palabra Varsovia.

Ortega permaneció quieto, comprobando cómo el tren desaparecía en un hueco de luminosidad matinal que ya se insinuaba, y al pensar en el alba jugó a que la entendía. Elena. Varsovia. Luchar contra el poder. ¡Joder! La misma historia.

Luis Sepúlveda, Desencuentros.